miércoles, 16 de julio de 2014

Lo que Brasil 2014 me dejó

Los días pasan y queremos sentir que lo superamos, que ya está, que el mundial fue un torneo más donde casi tocamos la gloria pero no llegamos. Nos sentimos orgulloso, pero no dejamos de pensar cómo el árbitro no cobró ese penal, cómo se le escapó esa pelota a Palacio, o a Higuaín y por qué Messi no pudo ser el diez que soñábamos. Y quizás estemos así por varios meses. 

Lejos de reprochar nada de lo que sucedió, este mundial significó para mi un recambio, una transformación. Un retorno a una parte mía que enterré allá en el año 98, cuando en Francia, los holandeses nos dejan fuera de la copa. 

Yo tenía ¿nueve? nueve años, más o menos. Nunca me había entusiasmado tanto con un mundial. Me pinté la cara, me enfundé una bandera y me senté a ver el partido. Lo que sentí ese día fue dolor. Lloré, cuestioné, putié. No quise salir a bancar nada. No quería volver a intentar sentir pasión de fútbol por nada y por nadie. Y eso hice los años siguientes.

Días antes de este mundial, comenzamos a barajar la idea del antimundialismo, llevar la contra y buscar quedarnos fuera de posibles desengaños. Seamos sinceros, pocos creíamos en esta selección. En Messi, en Mascherano, en Romero, en Rojo en el Pocho.

Yo veía de reojo, y recordaba. No quería volver a esa sensación de derrota, de entusiasmarme por algo y ver que se me escapaba de las manos. Me había pasado en aquella ocasión y no estaba dispuesto a sentirme así de nuevo. 

De pronto, de nuevo Holanda. Una catarata de sensaciones, miedos y entusiasmo se me desató adentro ¿Qué chance teníamos de ganar esta vez? El mundial había sido hermoso, divertido, con partidos increíbles. Pero ¿Holanda? Holanda.

Y ahí los vi salir, como leones a la cancha. A Rojo, a Higuaín, a Mascherano con unos huevos tremendos ¡A Romero! llegaron los penales. Sufrí, lloraba, sentía que iba a ser todo igual, pero no. Esta selección dio vuelta esa página negra y pasamos. No solo eso, llegamos a la final ¡A la final de la Copa del Mundo! 

Sentía que era para mi, que lo que había visto en la cancha esos días me había devuelto la fe y el amor por la celeste y blanca. Sentí ganas de ver un partido, de corear todo el día "Brasil decime que se siente". Me volví a enchufar a un sentimiento que hacía años había dejado escapar, y eso es impagable, hermoso, invaluable. 

Llegó la final, y no llegamos. El desaire es inagotable. Repasamos todo, mentalmente porque no lo queremos ver, pero sufrimos y nos preguntamos por qué no nos tocó esta vez. Por qué esta selección quedó segunda, y no pude festejar ser campeón del mundo. 

Quizás no sé que es  haber sido nunca Campeón del Mundo, y para muchos es una exageración hablar de héroes. Quizás, para ustedes. No para mi, que me volví a convertir en hincha gracias a este equipo. 



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