El pasado 8 de noviembre me parecía en lo personal una fecha
trascendental. Lejos de cualquier movimiento mal denominado golpista o
desestabilizador, me pareció una maravillosa expresión de democracia. Quienes no
estaban de acuerdo con decisiones políticas que está llevando a cabo la
presidente Cristina Fernández (O la clase política dirigente local, sea cual
fuere) se auto convocaron para generar
un cacerolazo que movilizó a más de dos millones de personas en el país.
Nuestra ciudad obviamente no debía quedar fuera. Las páginas
web donde se organizaba la movilización habían citado a los caceroleros a las
20hs en la plaza de las Américas (Aunque circularon otros lugares de
concentración como la plaza Alte. Brown). Había decidido ir, reconozco que con
poca expectativa.
Dudé mientras me dirigía al lugar de concentración. Pensaba si
en realidad alguien se iba a sumar a la marcha. Pensaba en la actualidad política
de nuestra provincia y las relaciones que tiene el gobierno, en los comentarios
de algunos amigos que opinaban sobre la marcha ¿Había gente motivada en serio
para salir a reclamar? ¿Se había entendió la consigna del #8N o quedó en las
versiones que algunos medios querían imponer sobre la marcha?
Llegué al lugar. A la primera vuelta solo se divisaban 3
personas en la zona central de la plaza, y algunos pocos que se acercaban
dudosos al lugar. Recordé otras marchas, recordé otros reclamos. Revolví en mi
mente las marchas sociales masivas, como la que pudo llevarse a cabo por Sofía
Herrera cuando el caso todavía nos conmocionaba. Recordé otras marchas masivas: en todas, el
empuje gremial era casi el motor de la misma.
Una de las más grandes fue movilizada por la UOM, miles de personas
en las calles para decirle no al tarifazo que intentaba implementar el Gobierno
provincial. Todos coordinados por sus delegados. Todos reclamando, porque
sabían que si no estaban dando el presente, les iba a pasar factura a la hora
de quedar o no efectivos, u obtener o no un nuevo contrato o puesto en otra
fábrica.
La última marcha por Sofía Herrera, cuando se cumplían 4
años de su desaparición fue desesperantemente escasa. El recuerdo está, el
reclamo en las calles se escucha, pero si hay que ir, si hay que hacer, si hay
que moverse, en Río Grande no hay motivación como para reclamar afuera.
¿Habrá sido la poca trascendencia que los medios le habían
dado al #8N la responsable de la poca gente? ¿Vivíamos en una provincia
conforme con este gobierno? No, la respuesta no estaba ahí.
Rio Grande no se ha destacado en su historia por tener gente
socialmente activa. Una sociedad en la calle. No sabemos ponernos de acuerdo
para reclamar juntos por algo o alguien sin que exista algún otro interés
detrás que la motorice, o alguien que nos empuje.
Será que no hay militancia. Será que no existen causas comunes que trasciendan a todos los ámbitos
de la sociedad que todavía no me las he cruzado. Lo cierto es que Río Grande es
frío, y no hablo del clima. Es indiferente, no le importa tanto el otro como
para sumarse a su causa. El problema es del resto, puede creer alguno. Pero no.
El problema es nuestro, que vivimos en una ciudad individual, pero por ahora
eso, a pocos y a ningunos les interesa.
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