domingo, 10 de marzo de 2013

Los bocinazos por Dios

Caos vehicular, movilizaciones, bocinas, globos, pancartas. No era una, eran tres. No lo sintió sólo el que pasaba por el centro, lo sintió la ciudad. Con un despliegue impresionante de personas que luego se estimaba en 1500 en total, las iglesias evangélicas decidieron invadir con el “Amor de Dios” la ciudad. La invasión fue evidente. Nadie puede decir que no se enteró, que no lo sintió o que no vio al menos una fila de autos moviéndose hacia el centro.


Lo cierto es que fueron tres filas, tres caravanas que salieron desde la zona de Chacra II, Chacra XIII y la Margen Sur. Las tres confluyeron en la plaza Alte. Brown, cortando totalmente calle Laserre frente a histórica Torre de agua.

Durante la trasmisión que se vivía por radio el entusiasmo de quienes participaban crecía. Los autos con globos, pancartas y banderas con la consigna “Invasión del amor de Dios” se repetían por cientos en cada rincón de Río Grande.

La columna que venía desde Chacra II se encontró con un grupo de personas que de a pié se movilizaron hasta la plaza Alte. Brown entre cánticos evangélicos y coros de  cancha contra el diablo.

Ya Tránsito de la Municipalidad había instruido a la gente que participaba que no se detuviera en los semáforos en rojo, algo que no fue del mayor agrado entre los vecinos, sobre todo de quienes no se habían hecho eco de la manifestación, y ni hablar de quienes no compartían sus ideales y principios.



Llegando a la plaza el clima era festivo. Los mismos cantos, la misma alegría que había recorrido las calles se potenciaban en aquel lugar. No había denominaciones distinguidas ni banderas que representaran quién era de qué rebaño. Un acto que hubiera generado envidia a cualquier político, una demostración de unidad que entre ellos se denominaba histórica.

Y lo fue, según los que saben, nunca hubo un gesto unidad tan grande entre los evangélicos como el vivido el día de ayer. La emoción recorría a todos y cada uno de los presentes. Hasta los más desentendidos parecían percibir en el ambiente algo diferente.

Comenzó el momento de los ruegos. El pastor encargado de hacer el rezo principal fue el pastor Calviño. En su petitorio dirigido a Dios, no estuvo ausente la necesidad de paz, el fin de la violencia, y el pedido especial de bendición y sabiduría sobre el Intendente de la ciudad Gustavo Melella (con nombre y apellido), y de las autoridades electas del Concejo Deliberante. 



La desconcentración fue en total paz, tal y como fue toda la caravana, a pesar de un que otro descontento vecino que vio complicada su llegada al centro de la ciudad, no hubo ni violencia, ni fuego, ni desconcierto.


Mientras se sucedía todo esto, la policía se preparaba para desalojar a los pocos usurpadores. A quienes habían generado el tema polémico de la semana. A los que dispararon los cruces más fuertes entre quienes apoyaban su metodología y quienes rechazaban el simple hecho de que intenten ser anotados en tierras por ser “recién llegados”.

Mientras el pueblo bocineaba anunciando el comienzo de la “Invasión del Amor de Dios”, los menores eran puestos al frente de la línea de fuego y perro era calcinado vivo en un acto total de desprecio contra la vida.



Mientras miles clamaban a Dios por la seguridad y la paz, por los milagros en las calles y el final de los maltratos, un grupo de familias utilizadas con fines políticos terminaban el final de una batalla campal donde los únicos culpables fueron ellos.

Bocinear por Dios, o empezar a creer. O empezar a pedir con Fe, que nuestra ciudad no se convierta en lo que se está convirtiendo. O salir a combatir el fuego con fuego. Será momento de dejar de ser simples observadores y de alguna forma, empezar a buscar el cambio.

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